sábado, 28 de diciembre de 2013

El fulgor de una herida




Él era presa del absurdo de saberse existente. La escritura no era una catarsis, sino el anuncio de la destrucción. Pasolini caminó por el lirismo absoluto de los últimos instantes, como diría Cioran, como Beckett a veces, como Pirandello,… A través de su literatura y su radicalidad se construye una poética de la conciencia humana, y del sufrimiento inherente a la desilusión. Pero Pasolini no quiso sangrar a escondidas: convirtió su trabajo en un equilibrio imposible entre la desesperanza y la búsqueda de la verdad. Al contrario que en Pavese, su pesimismo y su carácter crítico no se convierte en doctrina de consolación. La presencia de una lucha singular con su tiempo es tan evidente que Pasolini hipnotiza por esa soledad radical empañada muchas veces de ingenuidad.


La búsqueda de sentidos últimos es el quehacer de una poeta ante el fracaso de los colosales proyectos humanos que se funden con la crueldad, la brutalidad y el cinismo. ¿O qué si no hizo Pasolini en la Italia que le ha enterrado durante tantos años y que le recuerda como el que, sin renunciar a la parte de verdad que había en él (su homosexualidad, sus múltiples contradicciones políticas y existenciales), le movió el sentido de la dignidad humana, esperanza de justicia, libertad, respeto? Puso el ojo en el individuo y sus relaciones íntimas, en la Historia, el poder y el tiempo, ante el poder, la tiranía de un sistema, ante la organización social, el individuo agita la conciencia de su valor, se resiste a ser absorbido por unos esquemas que contradicen las aspiraciones de felicidad, paz, amor y compasión, aquello que estos esquemas dicen defender. En este contexto, Pasolini observa el destierro como su única condición de hombre; destierro interior con todas sus implicaciones románticas, y también como condición fatal. El amor lo leemos como algo que en vez de remediarlo lo exaspera, en esos ragazzi rudos, mercenarios. Y como en todo desterrado, en Pasolini todo paraíso es negativo, todo paraíso, recordando a Brodsky “es el lugar de la impotencia”.

Pero, ¿por qué Pier Paolo Pasolini estalla, no se contiene en estas coordenadas? Porque él estaba dispuesto a gritar, a convertir en aullido la veracidad del dramatismo. Él era la protesta desgarrada, matizada por la sabiduría de la desilusión, por la convicción de saberse destinado a una tarea casi profética. Tal como hizo en cierto modo Akhmàtova(1) en Rusia, se enfrentó a la realidad para percibirla como sólo la poesía es capaz de hacerlo: ambos no sucumbieron a tanta miseria y sabían que alguien tenía que explicar tanta oscuridad. Probablemente porque tenían razón.

Ambos superaron el infierno (¿o no?) de la intransigencia ideológica de una forma personal y solitaria, y Pasolini sufrió la incomprensión y rechazo que sus obras suscitaban en la opinión pública. Aislado e irreductible, no era ajeno al mundo que no es sino la pesadilla de los otros, para descubrir asideros allí donde se nos aparecen abismos infranqueables. A veces se lee a Pasolini con la sensación de recoger jirones de uno mismo y con ellos tratar de recomponer un rostro, volver a las aguas de Narciso. Pero las aguas devuelven una imagen en la que no es posible reconocerse. Y en ese vaivén se trazan las desgarraduras vitales que desde esta orilla acometemos con impotencia: volvemos a Sísifo. He aquí la contemporaneidad de Pasolini: exploró ese humanismo crítico, preocupado por liberar su diversidad oculta, que es la de cada uno de nosotros. Esa renovación propiciada por lo que es una forma de existencialismo, como diría Sloterdijk, propicia en nosotros el nacimiento de una era de disidentes, de desertores. Pasolini nos descubre lo que de peligroso hay en nosotros mismos. Él, como Eurípides(2) y sus personajes, viven realizando una constante reflexión sobre su destino. La muerte, más que la anécdota de un tránsito, se convierte en el límite del pensamiento.



La realidad y sus excesos, anticipados por Pasolini, siguen ahí. La injusticia del mundo occidental se ha legitimado irracionalmente, y la libertad es una palabra terrible. Mundo de sustitutivos, de ilusiones mínimas para mantener la llama encendida; la angustia de fondo desembocó en Pasolini en la tragedia de su muerte. En él fue posible la síntesis, lo luminoso y lo oscuro del absurdo de la vida y del instinto de rebelión; su humanismo activo y su vertiente nihilista. Él quiso formular un nuevo estar en el mundo, y no le dejaron. Pero nosotros, Pier Paolo, te recordamos, y sabemos que el destino de un hombre como tú es prometeico: lanzado al piélago del olvido, volverás tarde o temprano a ser reconocido y aclamado, para caer de nuevo al espacio opaco de la desmemoria, a una especie de hibernación o muerte congelada a la espera de una nueva epifanía.





(1)    Akhamàtova en sus años de prisión trazó el sufrimiento de un país bajo el ejercicio despótico del estalinismo.

(2)    Eurípides en Atenas fue tan odiado como Pasolini en Italia. Curioso.


jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Para qué has de poetizar...?


¿Desde dónde creamos? Esta pregunta no es retórica, ya que “posicionarse” implica un lugar desde el que pensar y una toma de partido frente a cuestiones básicas de nuestra existencia. Una obra desde la que plantearlo podría ser Los inculpables, once relatos que conforman la última novela de Hermann Broch aparecida en vida. Dentro de la misma se distinguen tres partes precedidas por tres composiciones líricas denominadas Voces, que sirven para facilitar una ambientación histórica a la narración: 1913, 1923 y 1933, donde se plantea obsesivamente una pregunta esencial: “¿por qué has de poetizar?”.

Esta cuestión nos muestra la actitud ética del autor, que se enfrenta con responsabilidad al horror de la II Guerra Mundial. Broch declara abiertamente su intención en uno de los Comentarios a la obra: «La novela describe situaciones y tipos del período prehitleriano. Las figuras elegidas para ello son completamente “apolíticas”: cuando llegan a tener ideas políticas, estas vagan en lo nebuloso e incierto. Ninguno de ellos es directamente “culpable” de la catástrofe hitleriana. De ahí el título del libro: “Los inculpables”. Sin embargo, es exactamente este el estado de ánimo y de espíritu del que –y es lo que precisamente sucede– el nazismo ha extraído sus verdaderas energías. La indiferencia política, en efecto, está estrechamente emparentada con la indiferencia ética y consiguientemente, en último término, con la perversión ética. En suma, los no-culpables se hunden profundamente en la culpa ética» [KW5, 325].

En la actualidad es común caer en la inacción política, fruto del desesperanzador panorama político, pero este texto nos enseña en un panorama extremo, el hitleriano, una “culpa por indiferencia”. No obstante, sancionar no es lo que buscaba Broch, y estas Voces sirven para identificar cuestiones como la decadencia de Europa y la posibilidad de “purificación”.
Reflejo de esta postura es el relato Construido metódicamente, donde asoma un comportamiento activo ante la historia. Comienza con un párrafo que será repetido como un eco final al término del mismo: «Toda obra de arte ha de tener un contenido ejemplificador, ha de poder disponer en su unicidad y universalidad el acontecimiento total» [KW6, 11].
Esto parece empujarnos a un desarrollo mayor de ese omnipresente “juicio” en las obras de Broch, ahondando en ese siempre presente carácter ejemplar de la obra de arte. En definitiva, no es sino la expresión de esa fuerte eticidad constatada cercanamente por Elias Canetti y Hannah Arendt, forjando la idea de un hombre comprometido con su tiempo y visto bajo tintes apocalípticos, aunque con la bondad de aquel que quiere ver más allá del desastre que se avecina para proponer el camino hacia un nuevo espacio.

Vista brevemente esta actitud y la necesidad de fomentar una propuesta constructiva sobre el mundo, combate -como si Adorno resonara- cualquier voluntad de erigir paraísos de consuelo, alejando nuestra mirada de problemas urgentes por solucionar. ¿Y si nos posicionamos fuertemente para transformar nuestra realidad?, preguntándonos quizás ¿qué hay que salvar?, ¿qué debemos refundar? Hölderlin atribuye a la poesía la capacidad de fundar lo que queda, siendo ese conocimiento especial que genera conexiones entre objetos distantes.
Sin embargo, esta obra tardía de Broch se sitúa en otro ámbito, no tanto el del nombrar, como el de actuar haciéndolo. En su parte final volverá a varias preguntas: «¿Qué favorece, pues, una novela como esta? La pregunta toca un problema esencial del arte; el problema social. ¿A quién quiere el arte poner delante de un espejo?» [KW5, 326]. Es escéptico respecto a la posibilidad de que estos relatos conviertan a alguien o mejoren la situación social, aludiendo entre otros ejemplos al entusiasmo del público burgués por los Webern de Hauptmann o el teatro de Brecht, que no han provocado su conversión al socialismo.
A fin de cuentas, estas obras no serían más que la expresión del convencimiento del autor y, además, estarían viciadas por una tendencia que Broch repudió desde joven: «Cualquiera que sea la intención ética de una obra de arte, que se dirija contra la persecución religiosa o contra la culpabilidad moral o incluso contra verdaderos y propios delitos, lo que esta busca es siempre en definitiva el efecto estético, al que se subordina todo elemento ético» [KW5, 327]. Esto supondría incluso su distancia del considerado arte social o comprometido, pues la mayoría estaría aún corrompido por lo estético o lo dogmático. Sus pretensiones, en cambio, son más universales.

De todas formas, aun siendo consciente de la ineficacia de la obra de arte para cambiar las convicciones, el proceso de purificación en sí continúa perteneciendo a la esfera de la obra de arte, teniendo la posibilidad de ejemplificarlo, reencontrando así el arte su significado social, a la vez que vuelve a adquirir una dimensión metafísica.
Desde esta perspectiva se entiende una totalidad concebida bajo una condición de realidad creada, inseparable de ese “hacer ético”. Partiendo de estas condiciones, podríamos pensar una novela por venir, pero también la que queda, resultando la consecuencia coherente de la “responsabilidad” adquirida por Broch como autor que siente una obligación con su tiempo, desplegada siempre a través de esa “esperanza” o visión utópica que no implicaría por necesidad un tipo de novela comprometida en un sentido fuerte, pero sí una posición crítica entregada a la construcción social de su tiempo. En suma, Broch no mostraría lo que debe ser la novela, sino lo que hay que evitar que sea, aunque positivamente se arme con palabras como memoria, justicia, esperanza y utopía.




+ en Pedro Medina: La muerte de Virgilio. El final de una ilusión estética, Valencia: Alfons el Magnànim, 2006.