jueves, 17 de abril de 2014

EXPONIENDO LIBROS...








Por fortuna no siempre, pero hay que reconocer que con bastante frecuencia, las exposiciones sobre libros son un vano intento de recrear la experiencia de lectura. Suelen homenajear una obra, un autor… y lo hacen mostrando en lejanas vitrinas sus ediciones, sus cartas… pero sin llegar a construir un discurso más allá de este testimonio. Queda fuera la experiencia del lector, relegada a la mitomanía de turno y no a la lectura, a la posesión y recreación de lo leído, como si el tiempo del espectador de exposiciones fuera incapaz de entrar en la historia.
Sin duda, las condiciones de percepción condicionan la experiencia; por ejemplo, una sala atestada difícilmente nos permitirá una experiencia íntima, pero eso no implica que el formato expositivo no pueda entrar a reflexionar sobre la relación entre obra y lector, sus fuentes, sus versiones, sus avatares… y tantas otras dimensiones.
No obstante, quiero hablar aquí de un caso donde una exposición sí ha logrado mostrar de forma lograda un aspecto de la lectura, aportando documentación, obras y teoría en torno al acto de leer y su continuidad en el tiempo. Abordemos entonces brevemente el diseño global de una muestra temporal, Le lecteur a`l’oeuvre, y sus elementos accesorios dentro de una institución con una personalidad muy marcada como es la Fundación Martin Bodmer, observando elecciones formales que ayudan a construir un todo y donde cada parte singular está al servicio de la creación de un mensaje común.


Comencemos por conocer la historia y objetivos de la Fundación Bodmer para entender precisamente esa construcción de una identidad en un contexto determinado y con unas premisas de actuación bien definidas. Su origen se halla en el filántropo suizo Martin Bodmer, quien logró reunir una de las bibliotecas privadas más importantes del mundo. Su afán coleccionista le llevó a pretender una “biblioteca universal” con las grandes obras maestras de la Humanidad, formando así una fantástica biblioteca en la que se encuentran numerosos papiros, centenares de incunables, primeras ediciones impresas y todo tipo de material preparatorio de escritores contemporáneos. Estos fondos también fueron deseo de un magnate que intentó comprarlos por 60 millones de dólares en 1971, pero Bodmer rechazó esta oferta para donar su amada colección a la Fundación junto con 3 millones de francos suizos. En esta institución se pueden consultar muchos de estos ejemplares y continuamente se muestran muchos de ellos en sus salas expositivas.





En efecto, nada más entrar al edificio de Mario Botta, ejemplo de comunicación entre espacios y “búsqueda de espiritualidad”, observamos que está dotado con los mejores modelos de vitrinas, iluminación, sensores de movimiento para evitar la exposición a la luz de los ejemplares mientras no son contemplados y varios elementos más que nos permiten descubrir perfectamente la copia manuscrita más antigua que se conserva del Evangelio de San Juan, dos copias manuscritas de los siglos X y XI del Corán, tres ejemplares del siglo XIV de La Divina Comedia, una de las primeras Biblias de Gutenberg… Sin duda, poderío económico, que permite unas condiciones de exposición y conservación privilegiadas.
Pero si observamos la exposición que albergó la Fundación del 26 de abril al 25 de agosto de 2013: Le lecteur a`l’oeuvre, comisariada por Michel Jeanneret, Frédéric Kaplan y Radu Suciu, y en la que se destaca tanto en sala como en el catálogo la persona a cargo de la “escenografía”: Élisabeth Macheret-van Daele, iremos descubriendo un cuidado fuera de lo común.
Una vez dentro, iPad mini en mano con su app específica –que nos permite ver más información de cada libro expuesto, desde partes ocultas del ejemplar a la ampliación de detalles o información extra del contexto de creación, no quedando limitados a las dos páginas mostradas por libro–, vamos contemplando las estructuras compositivas de publicaciones antiguas, sus ilustraciones, los bocetos de autores afamados con sus pentimenti, libros famosos anotados por escritores célebres y toda una sección final donde la combinatoria y el poema visual van dando paso al juego que se extiende frente al lector. Todas las obras, cada una de ellas un mundo, van ocupando su lugar a lo largo de seis secciones que elaboran un delicado progress en la Historia y en la complejidad de los argumentos que generan la forma y la experiencia del libro, para construir en su conjunto un mensaje: el lector es parte fundamental del proceso y siempre termina la obra.


Manuscrito de Rimbaud en la Fundación Bodmer: partes cuatro y cinco de Enfer de la soit.

A pesar de ello, no faltan comentarios del tipo “todo esto es posible porque en Suiza hay dinero” y, sin duda, varios de los recursos técnicos de la muestra no serían posibles en su ausencia. Sin embargo, los recursos humanos eran bastante limitados: toda la atención al público y vigilancia la resolvían con una eficiencia notable solamente dos personas. No obstante, lo principal es ver cómo con los elementos disponibles –si son más y pertinentes, evidentemente mejor–, se construye un todo coherente. Y esto es patente en toda la exposición, cuidada con una atención prodigiosa, pero donde se resume perfectamente es en el catálogo, muy diferente de los acostumbrados en gran parte de los centros españoles durante la época de bonanza, es decir, libros al peso para mayor gloria de alguien y con una escasa creación de teoría en torno a los procesos relativos a la exposición.


En cambio, el catálogo de Le lecteur a`l’oeuvre es bastante discreto, con un tamaño muy contenido, con sobria portada negra con letras blancas, y con un contenido escaso en páginas pero no en materiales de trabajo, con los textos bien planteados para su complementariedad por parte de los tres expertos, que permitían pensar desde distintos ámbitos esta relación entre obra y lector, terminando con una documentación de la exposición. En cuanto a la gráfica, sin duda, elegante, correcta y puesta al servicio del lector, por encima de otras ocasiones en las que un diseño gráfico atractivo, que trata el texto como imagen, se impone sobre la legibilidad del texto. Y al respecto, cabe destacar esta asunción del tema de la exposición dentro del diseño del catálogo especialmente en dos elementos: la desaparición del lomo, que deja ver el cosido, las entrañas del libro, como la propia mirada propuesta en la exposición, y la portada. No me refiero solamente a su apariencia austera, sino que descubrimos, tras tenerlo en nuestras manos durante un tiempo, que esa tinta negra es termosensible, transformándose en una superposición de ilustraciones presentes en la muestra, que desbordan la portada como un gran collage, volviendo a su ser (negro) cuando el libro permanece a oscuras durante un tiempo. Por tanto, tal y como propone la exposición desde el inicio: el lector cambia la obra.
Lo que he querido poner de relieve es que, al margen de los medios que tenga cada centro, lo importante es tomar decisiones que estén encaminadas a reforzar un discurso expositivo desde sus distintos niveles de significación. ¿Ocurre esto siempre? No ¿Por falta de medios? A veces, pero principalmente por falta de cuidado o intención a la hora de concebir todos los elementos de una exposición; y no quiero entrar en más cuestiones, porque el mundo digital daría para una tesis doctoral, visto el amplio desconocimiento –por no decir descarado desprecio– que muchos gestores muestran por el mismo.
Traigo a colación esta muestra porque, bajo un punto de vista preeminentemente narrativo o emocional para la construcción de una exposición, hemos acudido a un ejemplo que transmite el pasado respirando nuestro tiempo y teniendo en cuenta los recursos expresivos pertinentes para el tipo de material expuesto y el espectador que visitará la muestra. Hace falta revelar nuevas realidades y no cerrarse a formas que pueden ayudarnos de forma elocuente, lo que nos remite a preguntarnos una vez más sobre cuáles son las mejores formas que nos permitan hablar de nuestro mundo y abordar nuevas experiencias que nos permitan desarrollar otros sistemas de pensamiento.



Manuscrito original de Las 120 jornadas de Sodoma y Gomorra, relato escrito por el Marqués de Sade en la prisión de La Bastilla, que forma parte de los fondos de la Fundación Martin Bodmer. Es un rollo de doce metros de largo escrito con una caligrafía minúscula, y que constituye una de las obras más importantes del XVIII, el relato de seiscientas perversiones, del infanticidio a la tortura, con una prolija descripción de las situaciones más atroces. En palabras del propio Sade, "el cuento más impurto que jamás se ha dicho desde el comienzo de nuestro  mundo."

Por ello mismo, y para terminar, visto que hemos acudido a una exposición de libros para hablar de criterios para montar una exposición, querría terminar recordando a alguien que dedicó su vida a pensar las diferentes formas de comunicación: Don McKenzie. En las Panizzi Lectures (1985) transmitió dos grandes reflexiones que tuvieron una extraordinaria influencia: qué reconocemos como “texto” y la necesidad de subrayar con decisión que las formas afectan al significado. Centrándonos en la primera consideración, McKenzie defendía que hay textos que no suponen ningún uso de lenguaje verbal: la imagen, el mapa, la partitura, el territorio mismo cuando los hombres le otorgan significado, estableciendo que son textos “no verbales”. Todos ellos son producciones simbólicas que han sido creadas a partir de relaciones entre signos que forman un sistema y cuyo sentido es definido por convención [cf. Roger Chartier: Prólogo a D.F. McKenzie: Bibliografía y sociología de los textos, tr. de Fernando Bouza, Madrid: Akal, 2005].

Lo significativo que destaca Chartier, teniendo en cuenta ambas consideraciones, es la trascendencia que tuvieron estas lecciones a la hora de considerar qué debía ser conservado en una biblioteca, ya que ampliaba la necesidad de conservación a obras que no eran libros y planteaba la necesidad de no desprenderse de originales, a pesar de su registro fotográfico. Traigo a colación esta reflexión porque, igual que McKenzie abrió las bibliotecas a más formas que el libro, también deberíamos pensar en nuevos comportamientos expositivos, repensando el “espacio expositivo”, cada vez más híbrido, más abierto a experiencias nuevas e interacciones con un espectador-usuario, elástico, expandido, mientras se establecen nuevas vías de comunicación entre espacios de saber diferentes y habitualmente aislados; y sin caer en apologías de lo tecnológico porque sí, en populismos vacíos, ni en lamentos presupuestarios. Esto quizás nos permita activar la necesaria reflexión sobre los procesos culturales contemporáneos, especialmente acerca de la relación entre nuevas experiencias y nuevos lenguajes.

La construcción de un discurso basado en la profesionalidad y la investigación siguen siendo lo principal, tal y como demuestran muchos comisarios en nuestros días. No obstante, quizás sea el momento de pensar que el museo puede desplazar su centro gravitacional y adquirir elasticidad, construyendo una exposición como el punto de encuentro de dinámicas más amplias, pero por ahora, quedémonos con Le lecteur a`l’oeuvre, que no es poco.




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